Volví a postear después de un año. Un año.
Y acabo de leerme de vuelta, por completo y es como si me conociera. Como si todo el tiempo que pasó hubiera jugado conmigo de una manera extraña.
Me encuentro en cada palabra, a pesar de todo lo que se interpuso entre aquellas y estas.
Vuelvo.
Porque soy yo.
Porque estoy aquí. Y cuando uno está, siempre se puede hablar.
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miércoles, junio 11, 2008
martes, marzo 13, 2007
Está empezando mi otoño/invierno... y lo mío es el frío.
La astronomía y la astrología reivindican eso del cumpleaños: cada 12 meses, todo vuelve a empezar.
Claro que la astronomía "habla" a nivel general, a nivel planeta y naturaleza. Todos los ciclos de la vida tienen estrecha relación con que la Tierra termine un giro alrededor y vuelva a empezarlo otra vez. Siempre se da en ese mismo momento.
La astrología es mucho más específica (con esa forma de especificidad tan general que tiene la astrología): los planetas se alinean igual que en el momento de nuestro nacimiento, y todo vuelve a empezar, para uno mismo. Las influencias cósmicas nos vuelven a dar otra oportunidad.
De todos modos, algo ocurre antes.
Así como el año calendario puede dividirse en dos categorías antagónicas (primavera/verano y otoño/invierno), el año astrológico también tiene mucho de eso. Los segundos seis meses son una extraña repetición alterada de los primeros. Un ejemplo es el zodíaco celta (el de los árboles): son 12 signos, pero cada uno se "presenta" dos veces al año, durante 15 días, con un espacio de seis meses entre ellos.
Así es como alguien que nace en marzo, y otro que nace en septiembre, pertenecen al mismo "árbol".
Nuestro zodíaco no está exento. Si bien los 12 signos duran 30 días, cada uno lleva una relación especial con el se distancia por 6 meses. ¿Cuál? La relación de oposición.
Piscis (el más emocional) - Virgo (el más cerebral)
Aries (el más impulsivo) - Libra (el más calculador)
Tauro (el más práctico) - Escorpio (el más pasional)
Géminis (el más bipolar) - Sagitario (el más sociable)
Cáncer (el más orgulloso) - Capricornio (el más adaptable)
Leo (el más prepotente) - Acuario (el más sentimental)
Por eso, con el opuesto hay una relación interminable de amor/odio, de constante identificación positiva (cuando ves en el otro algo que te complementa) y negativa (cuando ves reflejado lo que no te gusta ser, o a lo que no aspirás). Atracción y repulsión al mismo tiempo. Una relación que nunca pasa desapercibida.
El verano propio es cuando transitamos los meses que rige nuestro signo (en mi caso viene siendo septiembre/marzo). Nuestro invierno personal, el que rige nuestro opuesto (en mí, marzo/septiembre). En cada etapa, uno cambia. No vuelve a empezar, muta de estado. De actitud.
Deberíamos darle un breve crédito a nuestro medio cumpleaños. Al menos uno tan significante como el que se le da al 21 de setiembre en el calendario regular.
Claro que la astronomía "habla" a nivel general, a nivel planeta y naturaleza. Todos los ciclos de la vida tienen estrecha relación con que la Tierra termine un giro alrededor y vuelva a empezarlo otra vez. Siempre se da en ese mismo momento.
La astrología es mucho más específica (con esa forma de especificidad tan general que tiene la astrología): los planetas se alinean igual que en el momento de nuestro nacimiento, y todo vuelve a empezar, para uno mismo. Las influencias cósmicas nos vuelven a dar otra oportunidad.
De todos modos, algo ocurre antes.
Así como el año calendario puede dividirse en dos categorías antagónicas (primavera/verano y otoño/invierno), el año astrológico también tiene mucho de eso. Los segundos seis meses son una extraña repetición alterada de los primeros. Un ejemplo es el zodíaco celta (el de los árboles): son 12 signos, pero cada uno se "presenta" dos veces al año, durante 15 días, con un espacio de seis meses entre ellos.
Así es como alguien que nace en marzo, y otro que nace en septiembre, pertenecen al mismo "árbol".
Nuestro zodíaco no está exento. Si bien los 12 signos duran 30 días, cada uno lleva una relación especial con el se distancia por 6 meses. ¿Cuál? La relación de oposición.
Cada uno corresponde a un polo del imán. Uno representa al "verano" y el otro al "invierno". Cada característica sobresaliente de cada signo es la perfecta antítesis de la de su opuesto. A saber:
Piscis (el más emocional) - Virgo (el más cerebral)
Aries (el más impulsivo) - Libra (el más calculador)
Tauro (el más práctico) - Escorpio (el más pasional)
Géminis (el más bipolar) - Sagitario (el más sociable)
Cáncer (el más orgulloso) - Capricornio (el más adaptable)
Leo (el más prepotente) - Acuario (el más sentimental)
Por eso, con el opuesto hay una relación interminable de amor/odio, de constante identificación positiva (cuando ves en el otro algo que te complementa) y negativa (cuando ves reflejado lo que no te gusta ser, o a lo que no aspirás). Atracción y repulsión al mismo tiempo. Una relación que nunca pasa desapercibida.
El verano propio es cuando transitamos los meses que rige nuestro signo (en mi caso viene siendo septiembre/marzo). Nuestro invierno personal, el que rige nuestro opuesto (en mí, marzo/septiembre). En cada etapa, uno cambia. No vuelve a empezar, muta de estado. De actitud.
Deberíamos darle un breve crédito a nuestro medio cumpleaños. Al menos uno tan significante como el que se le da al 21 de setiembre en el calendario regular.
domingo, octubre 08, 2006
Mi pequeña infinidad
Quizás haya una sola verdad absoluta en este universo, y la dijo Oscar Wilde en ese prefacio sublime que anticipaba su única novela:
La música tiene ese carácter envolvente de lograr aislarte del mundo un rato, en cualquier momento o lugar. Soltando una catarsis de recuerdos si es un tema que nos ha acompañado en algún momento especial en nuestra vida; abriendo un nuevo universo cuando un acorde nos sorprende por primera vez. Es cuando más cerca estamos de "tocar", de hacer tangibles esas cosas que suelen decirse por ahí que es el arte. Es uno de los pocos momentos donde vemos la vida como si fuera poesía.
Con el teatro pasa algo casi inverso. Uno se sube al escenario (o se para de otra manera en cualquier sitio como puede ser plena Colón y General Paz) con la idea de jugar, de liberarte, de transitar cosas, de poner el cuerpo y el corazón al servicio de ese juego. Y ese juego (el arte en sí mismo) puede golpearte mortalmente si no tenés cuidado, porque toma vida propia. En algún instante terrorífico podés comprender que de pronto ya no estás jugando, que estás ante la verdad; que de pronto todo lo que pensabas que no era más que una abstracción, es mera realidad, contagiando una carcajada o sintiendo la salinidad de una lágrima.
La música asalta a la rutina y la vuelve poesía, el teatro terrenaliza ese limbo que creemos que es el arte, le da nuevos significados.
Lo dije hace unos posteos: ¡Qué más quisiera que pasar la vida entera en recitales! Anoche lo descubrí: entrar a uno justo después de haberme bajado de un escenario.
Y después, un ocho infinito.
Desde el punto de vista de la forma, el arte modelo es el del músico.
Desde el punto de vista del sentimiento, el del actor
La música tiene ese carácter envolvente de lograr aislarte del mundo un rato, en cualquier momento o lugar. Soltando una catarsis de recuerdos si es un tema que nos ha acompañado en algún momento especial en nuestra vida; abriendo un nuevo universo cuando un acorde nos sorprende por primera vez. Es cuando más cerca estamos de "tocar", de hacer tangibles esas cosas que suelen decirse por ahí que es el arte. Es uno de los pocos momentos donde vemos la vida como si fuera poesía.
Con el teatro pasa algo casi inverso. Uno se sube al escenario (o se para de otra manera en cualquier sitio como puede ser plena Colón y General Paz) con la idea de jugar, de liberarte, de transitar cosas, de poner el cuerpo y el corazón al servicio de ese juego. Y ese juego (el arte en sí mismo) puede golpearte mortalmente si no tenés cuidado, porque toma vida propia. En algún instante terrorífico podés comprender que de pronto ya no estás jugando, que estás ante la verdad; que de pronto todo lo que pensabas que no era más que una abstracción, es mera realidad, contagiando una carcajada o sintiendo la salinidad de una lágrima.
La música asalta a la rutina y la vuelve poesía, el teatro terrenaliza ese limbo que creemos que es el arte, le da nuevos significados.
Lo dije hace unos posteos: ¡Qué más quisiera que pasar la vida entera en recitales! Anoche lo descubrí: entrar a uno justo después de haberme bajado de un escenario.
Y después, un ocho infinito.
lunes, septiembre 11, 2006
domingo, agosto 27, 2006
Quienes habitan mi planeta lloran lágrimas de cicuta
Pueden manejar los sueños a su antojo, porque no es el reino del tiempo ni del espacio. Incluso cuando sus conciencias los apabullan, en lugar de estresarse se pierden en sí mismos, hechizados. Viven de obsesiones, que los destruyen, los devastan, los hacen sonreír y volar cada día un poco más alto; pero que nunca les ganan.
Los gatos negros siempre son buen augurio, las rosas negras las preferidas. Apuestan al 13 cuando prefieren delegar su suerte.
Aquí nadie espera,
Aqui nadie se arrepiente.
Aquí cada uno es dueño de los latidos de su corazón.
Los gatos negros siempre son buen augurio, las rosas negras las preferidas. Apuestan al 13 cuando prefieren delegar su suerte.
Aquí nadie espera,
Aqui nadie se arrepiente.
Aquí cada uno es dueño de los latidos de su corazón.
viernes, agosto 25, 2006
Paradoja
Hace un tiempo, me di cuenta que no tenía melodrama en mi cotideaneidad. Me faltaba en el cuerpo, pero me sobraba en la escritura. Había perdido el poder del distinguir qué era "lindo o coherente", había entrado en esa vorágine de perder el sentido del límite, borrar la delgada línea.
Necesitaba recuperar ese melodrama a nivel piel, porque me hacía falta para las tablas urgentemente. Lo logré. Sin embargo, no pude incorporarlo en mi conducta básica.
Lo tengo en el hemisferio creativo, en el de la imaginación, en el de la pavada, en el de la libertad... pero nunca lo encontré en el de los pies en la tierra.
Pisar la tierra me pone práctica de manera terriblemente irritante. Y llegué todavía más lejos con mi descubrimiento: noté que siempre había sido así.
Desde ya que jamás tuve sentido de la estética, y eso que la base de todas las cosas que hago, es eso... la estética y la belleza.
Es una, si se me permite la palabra, bella paradoja.
Yo soy una paradoja.
Y encima me doy el lujo de no cambiarlo por nada.
Necesitaba recuperar ese melodrama a nivel piel, porque me hacía falta para las tablas urgentemente. Lo logré. Sin embargo, no pude incorporarlo en mi conducta básica.
Lo tengo en el hemisferio creativo, en el de la imaginación, en el de la pavada, en el de la libertad... pero nunca lo encontré en el de los pies en la tierra.
Pisar la tierra me pone práctica de manera terriblemente irritante. Y llegué todavía más lejos con mi descubrimiento: noté que siempre había sido así.
Desde ya que jamás tuve sentido de la estética, y eso que la base de todas las cosas que hago, es eso... la estética y la belleza.
Es una, si se me permite la palabra, bella paradoja.
Yo soy una paradoja.
Y encima me doy el lujo de no cambiarlo por nada.
domingo, agosto 13, 2006
lunes, julio 31, 2006
¿Cómo que el Rock no tiene Mística?
Callejeros tocó este viernes pasado en Córdoba.
Me enteré al pasar la mañana del sábado cuando salí de mi casa, pero la que realmente me contó fue una compañera de teatro.
Al contarme todo lo que sintió me contaba lo que había sido estar ahí.
La emoción y felicidad que había en el boliche, pero sobre todo la que se podía ver en sus ojos y escuchar en su voz. Esa felicidad que todavía duraba, esa relatividad de estar todavía en el recital, de ver en cada cosa alrededor un disparador de un recuerdo, ya sea de una canción, de un grito, un salto, una lágrima o un abrazo.
Esa espera de un año y medio que por fin ya no tenía razón de ser y al escaparse del cuerpo hasta arrastraba algún que otro retazo de dolor.
Las otras dos compañeras que la escuchaban sólo podían pensar en qué no era suficiente motivo para haberse pegado el faltazo al ensayo de la noche anterior.
Pero yo la entendía. Si bien de haber ido a Palm Beach no hubiera sentido ninguna de esas cosas, mientras la escuchaba sentía que volvía a ese 22 de abril en Obras.
A esa magia veneno de llorar por todas las emociones posibles, de gritar por todo lo que no se había gritado, de soportar la vigilia de la forma más hermosa: compartiéndola, porque se hacía mucho más liviana.
Se cumplieron 4 meses del accidente de Gaby, de esa vigilia que todavía no termina, pero con la certeza de saber que el sólo pensar en ese recital me vuelve esa emoción. Con sólo pensarlo vuelvo a estar ahí.
Esas cosas para las que nunca se van a encontrar palabras, pero que cuando las lees en los ojos de otro sabés que compartís un tesoro. Aunque cambie la forma, aunque ella lo vea al Pato Fontanet, y yo a Catupecu Machu (incluído Gaby) . Aunque ella jamás vaya a poguear con Dale! y yo nunca distinga Ilusión del resto de los temas.
Esas cosas que no te puede robar nadie.
Me enteré al pasar la mañana del sábado cuando salí de mi casa, pero la que realmente me contó fue una compañera de teatro.
Al contarme todo lo que sintió me contaba lo que había sido estar ahí.
La emoción y felicidad que había en el boliche, pero sobre todo la que se podía ver en sus ojos y escuchar en su voz. Esa felicidad que todavía duraba, esa relatividad de estar todavía en el recital, de ver en cada cosa alrededor un disparador de un recuerdo, ya sea de una canción, de un grito, un salto, una lágrima o un abrazo.
Esa espera de un año y medio que por fin ya no tenía razón de ser y al escaparse del cuerpo hasta arrastraba algún que otro retazo de dolor.
Las otras dos compañeras que la escuchaban sólo podían pensar en qué no era suficiente motivo para haberse pegado el faltazo al ensayo de la noche anterior.
Pero yo la entendía. Si bien de haber ido a Palm Beach no hubiera sentido ninguna de esas cosas, mientras la escuchaba sentía que volvía a ese 22 de abril en Obras.
A esa magia veneno de llorar por todas las emociones posibles, de gritar por todo lo que no se había gritado, de soportar la vigilia de la forma más hermosa: compartiéndola, porque se hacía mucho más liviana.
Se cumplieron 4 meses del accidente de Gaby, de esa vigilia que todavía no termina, pero con la certeza de saber que el sólo pensar en ese recital me vuelve esa emoción. Con sólo pensarlo vuelvo a estar ahí.
Esas cosas para las que nunca se van a encontrar palabras, pero que cuando las lees en los ojos de otro sabés que compartís un tesoro. Aunque cambie la forma, aunque ella lo vea al Pato Fontanet, y yo a Catupecu Machu (incluído Gaby) . Aunque ella jamás vaya a poguear con Dale! y yo nunca distinga Ilusión del resto de los temas.
Esas cosas que no te puede robar nadie.
miércoles, julio 26, 2006
Bendita el Arte y la Escritura
El año pasado conseguí en alguna cueva de Capital una copia usada de "El Diablo y el buen Dios" de 1961.
Después de leerlo empecé a pensar a quien le habría pertenecido. No tenía ningún nombre en ningún lado, pero si tenía subrayadas algunas palabras cuyo significado él/ella desconocía (y cuyas definiciones iba escribiendo en la última página). También tiene un par de anotaciones en las partes superiores de las páginas, pero todavía no alcanzo a descifrar que dicen.
El libro tiene mucho uso, lo que me hace pensar que quizás lo haya leído porque se lo pidieron en alguna cátedra de la facultad, quizás.
Pero lo que más me llama la atención, es que venía con un recorte de diario de 1964, del día que Sartre rechazó el Premio Nobel. Fiel al estilo periodístico político de posición, y especialmente al que reinaba en plena Guerra Fría, Jean Paul es presentado como un contradictorio burgués que manipulaba con un discurso tan contradictorio como él.
Me fue inevitable preguntarme que habrá pensado el dueño de mi ahora libro sobre Sartre, sobre esa decisión suya y ese recorte en particular... ¿qué lo había llevado a recortarlo y dejarlo perdido entre sus páginas? ¿Y cómo había llegado esa copia hasta la cueva donde la encontré? Algo me dijo que no fue él/ella quien lo vendió, sino algún heredero apurado de esos que no saben apreciar verdaderos tesoros...
Tengo una amiga que tiene una copia de Rayuela con una firma extraña en la primera página que ella asegura es de puño y letra de Julio Cortázar...
¡Cuánta historia que absorbe un libro! ¡¡Cuánto del lector absorbe el arte!!
(si algún día alguien quiere darse un baño de Historia, no vaya directo a un museo, visite primero una hemeroteca. Es en los diarios de la época donde uno conoce la verdadera personalidad de una civilización).
Después de leerlo empecé a pensar a quien le habría pertenecido. No tenía ningún nombre en ningún lado, pero si tenía subrayadas algunas palabras cuyo significado él/ella desconocía (y cuyas definiciones iba escribiendo en la última página). También tiene un par de anotaciones en las partes superiores de las páginas, pero todavía no alcanzo a descifrar que dicen.
El libro tiene mucho uso, lo que me hace pensar que quizás lo haya leído porque se lo pidieron en alguna cátedra de la facultad, quizás.
Pero lo que más me llama la atención, es que venía con un recorte de diario de 1964, del día que Sartre rechazó el Premio Nobel. Fiel al estilo periodístico político de posición, y especialmente al que reinaba en plena Guerra Fría, Jean Paul es presentado como un contradictorio burgués que manipulaba con un discurso tan contradictorio como él.
Me fue inevitable preguntarme que habrá pensado el dueño de mi ahora libro sobre Sartre, sobre esa decisión suya y ese recorte en particular... ¿qué lo había llevado a recortarlo y dejarlo perdido entre sus páginas? ¿Y cómo había llegado esa copia hasta la cueva donde la encontré? Algo me dijo que no fue él/ella quien lo vendió, sino algún heredero apurado de esos que no saben apreciar verdaderos tesoros...
Tengo una amiga que tiene una copia de Rayuela con una firma extraña en la primera página que ella asegura es de puño y letra de Julio Cortázar...
¡Cuánta historia que absorbe un libro! ¡¡Cuánto del lector absorbe el arte!!
(si algún día alguien quiere darse un baño de Historia, no vaya directo a un museo, visite primero una hemeroteca. Es en los diarios de la época donde uno conoce la verdadera personalidad de una civilización).
jueves, junio 29, 2006
lunes, junio 12, 2006
Franky y yo
Me acuerdo cuando a mediados de la secundaria leí en un libro de inglés la historia de Frankestein. No entendía nada. Para mí Frankestein era un zombie con tornillos en la frente. Pero en esa reseña del libro de Mary Shelly (siii mujerrr!!! mujer!!! :P:P) me di cuenta que esa criatura no tenía nombre, y que Frankestein era el nombre de su creador.
Anoche en el teatro me acordé mucho de ese momento, pero además, se sumó un plus extra: tomé conciencia de lo increíble que es esa historia.
Victor (el creador) es la historia. Las motivaciones que lo mueven a crear vida, el empeño que pone en los experimentos, el horror que siente cuando ve a su criatura a los ojos por primera vez y el inútil arrepentimiento posterior cuando ya la vida de ninguno (ni del monstruo, ni la de él) tiene sentido.
"Su error no fue crearlo, fue abandonarlo". Dios sí que acepta competencia.
Personaje increíble. Magia gótica pura.
[... y además, me quedé muy contenta sobre las cosas que se puede hacer acá nomás, en
Córdoba :):) ]
Anoche en el teatro me acordé mucho de ese momento, pero además, se sumó un plus extra: tomé conciencia de lo increíble que es esa historia.
Victor (el creador) es la historia. Las motivaciones que lo mueven a crear vida, el empeño que pone en los experimentos, el horror que siente cuando ve a su criatura a los ojos por primera vez y el inútil arrepentimiento posterior cuando ya la vida de ninguno (ni del monstruo, ni la de él) tiene sentido.
"Su error no fue crearlo, fue abandonarlo". Dios sí que acepta competencia.
Personaje increíble. Magia gótica pura.
[... y además, me quedé muy contenta sobre las cosas que se puede hacer acá nomás, en
Córdoba :):) ]
viernes, junio 02, 2006
Una vez más, mi existencia se concentró en un sólo instante.
Me habían hablado mucho, varias personas, mil veces.Había escuchado y leído cosas al pasar...
Y pasó como pasa a veces, cuando algún chip en el interior de tu cabeza termina de cargarse y se pone en marcha de repente, asimilando todo un proceso en un segundo.
Recién el sábado entendí qué era el especismo.
Y algo ya no volverá a ser lo que era.
miércoles, mayo 31, 2006
¿Y qué viene ahora?
Hace unos minutos, estaba viendo Malcolm en la pieza de mi hermana (porque ella estaba escuchando radio en la cocina). Tenía pensado ir a lavarme los dientes en el siguiente corte (el segundo), pero, cuando este llegó, en vez de ir al baño, me crucé a mi pieza. Fue una acción plena de inercia y mecanización, porque nada tenía que ir a hacer allí. Por alguna razón igual de automática me crucé de habitación casi corriendo.
Cuando llego casi al lado de mi cama escucho un estruendo abrumador. Me doy vuelta y confirmo mis sospechas: a mis pies yacían los restos del espejo del pasillo, ese que desde que se rajó hace un par de años nos entretenía con sus locos reflejos (un espejo partido distorsiona como esos espejos de las ferias) y siempre temimos por su suerte. Quizás debíamos hacerlo por la nuestra.
"Los Antiguos" creían que los espejos servían para mirar el futuro. Mejor dicho, que los espejos eran capaces de mostrar el futuro a una persona. Si había algo horrible en ese futuro, algo macabro que fuera terrible mostrar, el espejo simplemente se rompía. De ahí la superstición de la mala suerte que acarrea la rotura de uno. El tiempo que dura se debe a que además creían que los ciclos de la vida volvían a comenzar cada 7 años (un número mágico para esa época, que nace de una información falsa: los 7 planetas que conocían entonces y creían únicos cuerpos celestes del universo). Así, suponían que el espejo "quería ocultar" la mala dicha que se podía sufrir en el próximo ciclo.
Ahora que se rompió el espejo de mi casa, pienso que será lo que no habrá querido mostrarme cuando pasé corriendo a su lado. Y porque me siguió con tanta potencia: hay vidrios en la mayoría de mi cuarto, de todos los tamaños posibles. No así en la pieza de mis viejos, que está a la misma altura de la mía, pero del otro lado.
El espejo me seguía, como queriendo advertirme algo. Si, ya se que están pensando en las leyes de la física. Pero eso no quita que me haya susurrado algo a último momento antes de morir.
Después de todo habló muy bajo: mi hermana, desde la cocina, apenas escuchó el estruendo.
Cuando llego casi al lado de mi cama escucho un estruendo abrumador. Me doy vuelta y confirmo mis sospechas: a mis pies yacían los restos del espejo del pasillo, ese que desde que se rajó hace un par de años nos entretenía con sus locos reflejos (un espejo partido distorsiona como esos espejos de las ferias) y siempre temimos por su suerte. Quizás debíamos hacerlo por la nuestra.
"Los Antiguos" creían que los espejos servían para mirar el futuro. Mejor dicho, que los espejos eran capaces de mostrar el futuro a una persona. Si había algo horrible en ese futuro, algo macabro que fuera terrible mostrar, el espejo simplemente se rompía. De ahí la superstición de la mala suerte que acarrea la rotura de uno. El tiempo que dura se debe a que además creían que los ciclos de la vida volvían a comenzar cada 7 años (un número mágico para esa época, que nace de una información falsa: los 7 planetas que conocían entonces y creían únicos cuerpos celestes del universo). Así, suponían que el espejo "quería ocultar" la mala dicha que se podía sufrir en el próximo ciclo.
Ahora que se rompió el espejo de mi casa, pienso que será lo que no habrá querido mostrarme cuando pasé corriendo a su lado. Y porque me siguió con tanta potencia: hay vidrios en la mayoría de mi cuarto, de todos los tamaños posibles. No así en la pieza de mis viejos, que está a la misma altura de la mía, pero del otro lado.
El espejo me seguía, como queriendo advertirme algo. Si, ya se que están pensando en las leyes de la física. Pero eso no quita que me haya susurrado algo a último momento antes de morir.
Después de todo habló muy bajo: mi hermana, desde la cocina, apenas escuchó el estruendo.
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